— ¿De qué trata “Aguapé del Mississippi”?

— “Aguapé del Mississippi” es una pieza teatral para piano y voz que plasma en escena —a través del jazz, la danza y la actuación— un cuerpo que se entrega intensamente a la experiencia lúdica de ser transformado, deformado, movilizado, arrastrado, fusionado, tocado, erotizado, temido y abandonado por el amor. Con matices de la década del ’50, tanto en la estética como en la música, la narrativa de la obra reposa en una joven mujer y una relación amorosa que, como una marea, la atravesó y le hizo vivir sensaciones que no volverá a sentir jamás. El personaje todavía tiene reminiscencias de las experiencias vividas que se hacen eco en su cuerpo y en sus palabras. El cuerpo en escena los encarna, los exuda y se niega a vivir sin intensidades.

— ¿Cómo nacen las ganas de escribir una historia así?

— Hace un tiempo comencé a leer Las palmeras salvajes de William Faulkner y me llamó la atención su reflexión acerca del amor. Acerca de un tipo de amor. Un amor de gran intensidad que es destrozado por la cotidianidad. Entonces yo estaba en pareja y nacieron muchas preguntas luego de leer esa novela, la cual considero como el puntapié inicial de la obra: “¿Cuánto dura el amor?”, “¿Hay que sostenerlo por el deber social?”, “¿Puede existir un amor de gran intensidad manteniendo la individualidad?”, “¿Cómo modifica ese deber a la mujer actualmente?”. Tenía la necesidad de expresar, a través de la actuación, el canto y la danza, ciertas cosas en relación a lo vivido y me doy cuenta que la obra interpela a muchas personas porque reflexiona sensiblemente acerca de los vínculos humanos y sus devenires.

— ¿Cómo se ensambla la música en la historia?

— El repertorio musical y la música original compuesta por Lucas Herrera interviene en la obra desde un lugar instintivo y no intelectual. La música recorre todo el espectáculo y lleva al espectador a sentir diferentes emociones. Por momentos construye mundos ficcionales lúdicos, por momentos el foco está puesto en la repetición del sonido para generar un ambiente denso y opresivo, por momentos modifica al cuerpo de la actriz. Pienso a la música compuesta e interpretada por el pianista Lucas Herrera como elemento modificador constante de la escena.

— ¿Cómo fueron tus comienzos? ¿Quiénes fueron tus maestros?

— Comencé mi carrera profesional en teatro a los veinte años cuando participé de Marat-Sade en el Teatro San Martín de la Ciudad de Buenos Aires, y en Maratón en el Teatro Nacional Cervantes. Ambas obras dirigidas por Villanueva Cosse. Luego trabajé con Ricardo Bartis en La máquina idiota durante 4 años. Considero a Cristina Banegas, quien supervisa Aguapé del Mississippi, mi maestra. A los 18 años comencé a estudiar en El excéntrico de la 18 y creo que sus clases me dieron fundamentos indispensables para mi carrera.

— ¿Cómo ves la escena off en Buenos Aires?

— El teatro en Buenos Aires es interminable, variado y de una calidad extraordinaria. Voy a hablar desde mi lugar de actriz porque es desde ahí que me relaciono cuando soy espectadora. No me canso de ver a los tremendos actores y actrices que hay en la escena off, es hermoso verlos poner el cuerpo en escena. Y en estos tiempos donde la velocidad y el poco contacto con el otro está tomando una relevancia abismal se agradece mucho esa entrega.

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